Nunca quiso el papado, pero ése era su destino. El momento llegó cuando Ratzinger se retiró. Si su predecesor tocaba a Mozart en el piano, el nuevo pontífice se inclinaba por el tango. Segunda entrega sobre Bergoglio y el camino que lo condujo a Roma
El 13 de marzo de 2013, el Colegio Cardenalicio, reunido en cónclave en el Vaticano, escogió a un cardenal con formación en químico de alimentos como el reemplazo de Benedicto XVI, quien había renunciado unas semanas antes debido a problemas de salud relacionados con su edad.
En su primera cena como Papa, Jorge Mario Bergoglio comió un plato de pasta, acompañado de verduras y frutas. Tal vez el sabor lo remontó a su infancia, a la cocina de su abuela, de quien aprendió a rezar y a preparar platillos como risotto y calamares rellenos.
Luego el ex jugador de fútbol y profesor de literatura brindó, intercediendo ante Dios para que perdonase a los cardenales que le habían elegido.
“Ustedes saben que el deber del Cónclave es dar un obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo”, dijo ante la multitud que se había congregado en Roma para conocer al nuevo pontífice. Casi parecía que pedía disculpas por ser el nuevo Papa.
Este tono de humildad contrastaba con la tradicional y solemne pompa del Vaticano, marcando distancia con la inflexibilidad de su predecesor. “No, no quería ser Papa”, reconoció meses después durante un encuentro con jóvenes jesuitas, en cuya orden se había formado.
¿Quién este hombre que se convirtió en el primer Papa del Sur, cuya convalecencia en el hospital Gemelli de Roma a causa de una neumonía ha mantenido al mundo en vilo desde hace 12 días?
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Como las galletas de la abuela
Bergoglio creció en una familia de migrantes italianos. Sus abuelos, Giovanni y Rosa viajaron a Argentina a bordo del barco “Giulio Cesare”, de acuerdo con el sitio El Debate.
Un mes antes hicieron los preparativos para vender su negocio en la ciudad de Turín y compraron boletos en el “Principessa Mafalda”. Tenían previsto viajar en tercera clase, pero el navío se hundió.
Bergoglio nació en Buenos Aires, el 17 de diciembre de 1936. Fue el primero de cinco hijos del matrimonio formado entre Mario, quien trabajaba como contador en un ferrocarril, y Regina Sivori.
El 14 de febrero Bergoglio fue ingresado en Gemelli, en el denominado ‘hospital de los papas».
De acuerdo con el sitio del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, creció en una “modesta casa” ubicada en el barrio de Flores.
Durante las “largas mesas dominicales”, la familia sorteaba la pobreza con ingenio. Regina, “inventaba platos con los sobras”, según información de la agencia EFE.
“De niño, en casa, cuando se nos caía el pan, nos enseñaban a recogerlo y besarlo: nunca se tiraba el pan”, recuerda acerca de aquellos años.
De aquellas reuniones en familia rescata el sabor de las galletas de su abuela, cuyo linaje procedía de los dueños de un restaurante en una localidad italiana conocida por el arte de sus panaderos.
En la masa de estas galletas, que se “inflaba, y se inflaba y cuando la comíamos estaba hueca”, encontraría inspiración para sus futuros sermones. Una metáfora de cómo encarar a la falsedad, a las mentiras, que a veces “parecen grandes, pero no tienen nada dentro”.
“De niño, en casa, cuando se nos caía el pan, nos enseñaban a recogerlo y besarlo: nunca se tiraba el pan”.
Además de compartir con él parte del legado culinario familiar, su abuela también le enseñaría a rezar. La huella que dejó en él fue profunda, tanto que el Pontífice se ha referido a ella como “la mujer que mayor influencia” tuvo en él.
Un maestro camino a Roma
Bajo la tutela de las monjas del Jardín de Infantes del Instituto Nuestra Señora de la Misericordia, recibió la primera comunión.
Luego de completar la primaria en la Escuela Número 8 Coronel Pedro Cerviño, se gradúo como técnico químico en la E. N.E.T. Número 27 “Hipólito Yrigoyen”.
El futuro Papa sentía afición por dos deportes nacionales: el fútbol y el baloncesto. A lo largo de su vida ha cultivado diversas aficiones, como la música -el tango, particularmente-, los libros y la cocina.
A los 12 años, una mujer casi lo aparta del camino. De acuerdo con el sitio El Debate, el joven Bergoglio le dijo a una niña de su edad, llamada Amalia, que si no se casaba con ella se haría cura. Al final, optó por el sacerdocio.
Bergoglio, que hoy se recupera de una neumonía bilateral en el mismo hospital donde Juan Pablo II fue atendido después de recibir cuatro disparos en plena Plaza de San Pedro, padeció esta enfermedad a los 21 años. Ya desde esa época lo afectó gravemente: una parte del pulmón derecho le fue extirpada.
Tras su recuperación, ingresó en el noviciado jesuita en 1958. Previamente había pasado por el seminario diocesano de Villa Devoto.
Luego de completar sus estudios de humanidades en Chile, Bergoglio retornó a Argentina para seguir con su preparación. Además de la filosofía y teología, también sintió interés por aprender varios idiomas: francés, italiano, alemán, inglés, latín y griego.
De acuerdo con el sitio web de la Santa Sede, entre 1964 y 1965 enseñó literatura y psicología en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe. En el Colegio del Salvador de Buenos Aires dictó cátedra junto al literato Jorge Luis Borges, en 1966.
Entre 1967 y 1970 estudió para obtener la licencia de teología, en el Colegio San José.
En 1969, cumplió lo dicho a Amalia y se hizo sacerdote. Fue ordenado por el arzobispo Ramón José Castellano. Tenía 32 años.
En un breviario todavía lleva las palabras que su abuela le dejó por escrito en aquella oportunidad. “Las leo a menudo y me hacen bien”.
En España, continuó con su formación como jesuita, entre 1970 y 1971. De regreso a Argentina, su primera misión fue enseñar.
Así lo hizo como maestro de novicios en Villa Barilari, en San Miguel. Fueron años de plena actividad académica, desempeñándose como profesor en la facultad de teología, consultor de la provincia de la Compañía de Jesús y rector.
A los 32 años, en 1973, es escogido como provincial de los jesuitas de Argentina. Luego de ocupar este cargo durante seis años volvió al campo universitario como rector en el Colegio de San José.
En 1986, viajó a Alemania para terminar la tesis doctoral. Su ascenso dentro de la jerarquía jesuita era ya imparable: es seleccionado para ejercer como director espiritual y confesor de la iglesia de la Compañía de Jesús, en la ciudad de Córdoba.
La profundidad y espiritualidad de sus prédicas impresionan a Monseñor Antonio Quarracino, quien lo ayudaría en su ascenso hacia las cúpulas de la Iglesia de San Pedro.
Es Quarracino quien, en 1992, preside su ordenación episcopal, luego de que el Papa Juan Pablo II lo nombra como obispo titular de Auca y Auxiliar de Buenos Aires.
Como lema escoge “miserando atque eligendo vidit”, procedente de una homilía revestida de un significado profundo para el prelado. Y es que cuando tenía 17 años experimentó, durante la fiesta de San Mateo, lo que define como “la presencia amorosa de Dios en su vida”. Asegura que su corazón fue “tocado”, siguiendo así el llamado de la devoción religiosa. Un camino que sigue hoy, a pesar de la crisis de la carne y del espíritu.
Ese mismo año, fue nombrado Vicario Episcopal de Flores, el barrio donde creció. Al año entrante es designado como vicario general de la Arquidiócesis de la ciudad de Buenos Aires, y arzobispo coadjutor en 1997.
No habían pasado nueve meses cuando, en 1998, reemplazó a su mentor como arzobispo, luego de la muerte de Quarracino.
Tres años después, es ordenado como cardenal por Juan Pablo II. Exhorta a los fieles a no viajar a Roma, sino donar a “los pobres el importe del viaje”.
En consonancia con ese espíritu de sobriedad y renuncia, en 2002 declina el nombramiento como presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. No obstante, es elegido para este puesto tres años después, donde contribuyó a transmitir el pensamiento de la Iglesia en América Latina hasta 2011.
Bergoglio junto a Ratzinger. El ‘Papa emérito’ falleció en 2022.
En el 2005 participó del cónclave donde el “humo blanco” se levantó a favor de Benedicto XVI, a quien posteriormente reemplazaría. “Recen por mí”, pidió entonces a sus feligreses.