Pensar es posar la atención sobre un tema o cuestión específica, descomponerla hasta llegar a sus elementos fundamentales, a las relaciones entre sus partes para luego recomponerlas con una idea detallada y más o menos exacta de los procesos que la impulsan o definen, de su funcionamiento y los efectos del mismo.
Este proceso de pensar es lo que establece la diferencia definitiva entre aquellos que aspiran a dirigir al país desde los predios gubernamentales. La mayor o menor capacidad de echar a andar las neuronas, la habilidad de hacerlo a profundidad y de captar la más amplia variedad de matices, es lo que define al estadista y lo separa de la manada de politicastros del montón. Al primero lo mueve las ideas: a los segundos, los apetitos.
Hoy, como nunca antes, se necesita pensar el país, desgranarlo, descifrar sus debilidades y sus fortalezas, sus limitaciones y sus expectativas; contabilizar sus recursos, tomarle el pulso y, luego, concentrar todo ese proceso en un plan detallado que apunte, como resultado final, a transformar y perfeccionar el presente. A despertar en cada ciudadano la expectativa de un mejoramiento individual y colectivo, y la adhesión a un poderoso grupo de metas compartidas y cuya materialización radica en el esfuerzo de todos. ¡No hay espacio ni tiempo ya para la demagogia ni para la política rastrera!