Mientras que el gobierno central costea sus gastos de funcionamiento a golpe de deuda, algunos funcionarios muestran una desconexión de la realidad nacional que, además de pasmosa, raya en la temeridad. En contubernio con un perverso sistema de criterios incapaz de ubicar las prioridades en el orden de importancia que el país reclama, cada nueva decisión que toman resulta tan peligrosa como encender fósforos justo al lado de la pólvora.
Cuando la nación sufre aún las secuelas dejadas por la pandemia y todavía no se recupera de las masivas protestas alimentadas por la indignación ciudadana, desde la torre de marfil del Instituto Panameño de Deportes (Pandeportes) anuncian la construcción del Salón de la Fama y Museo del Deporte a un costo de 14 millones 639 mil 71 dólares. El contrato, aclaran, ya está adjudicado, sólo esperando el refrendo de la Contraloría; lo que significa – conocidos los antecedentes de esta última institución- que la ofensiva muestra de derroche ya es un hecho.
Con la economía al borde de un potencial colapso por los constantes llamados al cierre de vías; con un diálogo amenazado por el naufragio, entre los extremismos y el oportunismo rampante; y con un gobierno carente de una estrategia efectiva de recuperación económica, alguien debería tomarse la molestia de aclararle a quien dirige Pandeportes que el momento no es el más propicio y que en medio de tan crítico escenario, el famoso salón resulta un proyecto descabellado e inoportuno.
De paso le advierten que de héroe a villano sólo media un parpadeo.