La época que se vive actualmente resulta extremadamente turbulenta porque se caracteriza por el cambio continuo. Y repetirlo es llover sobre mojado, sin duda alguna. Sin embargo, algunas verdades reclaman ser repetidas constantemente para calar en el alma de las naciones.
La incertidumbre es el pan cotidiano alrededor del mundo, precisamente porque el cambio y las transformaciones están a la orden del día. Las ideas y conceptos se renuevan constantemente y aquellos que no se acoplen a ese proceso de transformación permanente, corren el riesgo de quedar obsoletos de un día para otro. Tal como le ha ocurrido al liderazgo del patio, sobre todo el político, que ajeno a las nuevas fuerzas que modelan ininterrumpidamente el escenario global, persiste en actitudes y actuaciones totalmente desfasadas con la realidad y las necesidades circundantes. Tal vez en esta “dinosáurica” casta pensaba el inolvidable poeta mexicano Octavio Paz cuando escribió que “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…del miedo al cambio”.
Más preocupados por intereses particulares y partidarios, viven ajenos a las nuevas expectativas de la nación que, al igual que el resto del orbe, intenta levantarse en medio de los escombros legados por una pandemia que aún no parece culminar. Persisten, penosamente y poniendo en riesgo el porvenir nacional, en un trasnochado caciquismo que dista muchísimo del liderazgo efectivo que las circunstancias actuales reclaman. Incapaces de forjar una visión que oriente al país y más incapaces aún de unir a la ciudadanía en un proyecto que todos compartan con entusiasmo, caminan dando tumbos sólo impulsados por apetitos de poder.
El país ya no está para vegetar en lo mismo de siempre: el hastío es generalizado y ya comienza a manifestarse a lo largo de la geografía nacional. Se necesita con urgencia de un nuevo liderazgo: de un liderazgo con más contenido y con menos palabras y populismo. El cambio transformador que caracteriza a los tiempos presentes, han de llevarse al terreno de la política para cambiarla de manera definitiva y profunda. De no hacerlo, seguirán reinando los obsoletos charlatanes de siempre.