La tragedia tintineante

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Hay pandemias que por invisibles resultan extremadamente letales y corrosivas para el conglomerado social. Una de ellas, la ludopatía- que la Organización Mundial de la Salud reconoce como enfermedad desde 1992- la sufren entre el 1 y el 3 por ciento de la población mundial. En América Latina, por falta de estudios que confieran exactitud a las cifras, se habla de unos 5 a 20 millones de adictos al juego y a las apuestas.

La directora y fundadora de Emotions Life Center, Reyna Khabie, definió magistralmente el problema al señalar que “un ludópata es aquel que muestra signos muy parecidos a un drogodependiente, sólo que, en vez de tener dependencia y necesidad de una sustancia, la tiene hacia el juego. A la larga, puede perder su dinero, dejar de lado sus responsabilidades y su vida social con tal de llenar su primera necesidad por jugar”.

En nuestro país, desde hace algunos años, ya los síntomas eran evidentes y preocupantes: en cualquier rincón del país los casinos y sitios de apuestas brotaban como una plaga de hongos silvestres. En medio del confinamiento derivado de la crisis sanitaria, el problema adquirió un impulso mayor con el desarrollo de opciones online: se facilita el realizar las apuestas sin necesidad de presentarse a ningún local y los pagos se hacen en modalidad virtual.

Las cifras del alcance de esta otra pandemia resultan escandalosas: aproximadamente mil 200 millones de dólares apostados en el lapso de ocho meses. De esa cantidad, 392.1 millones corresponden a la Lotería Nacional de Beneficencia; 18.1 millones al hipódromo; 2.5 millones a las salas de bingo; 702.5 millones a las máquinas tragamonedas; 41.7 millones corresponden a las salas de apuestas de eventos deportivos y 38.9 millones a las mesas de juego.

Irónicamente, la hipocresía alimenta esta peste silenciosa, porque mientras las autoridades vociferan que no a las drogas y al alcohol, los sellos oficiales suenan sobre los escritorios respectivos dando luz verde al avance y a la multiplicación de los antros donde el tintineo adictivo de las monedas convierte en negocio millonario lo que es un perverso problema de salud pública.

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