Pizarrones en blanco.

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“La educación será la estrella que alumbre nuestro camino”, proclamó hace tres años quien ocupa el Palacio de las Garzas. Sin embargo, hoy no podría ser más amenazadora y persistente la penumbra que entorpece el avance en esa ruta.

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Banco Nacional

Como consecuencia de la pandemia, los centros educativos del país permanecieron cerrados durante 211 días, lo que se constituye en uno de los períodos más largos a nivel global; seguido de cerca por El Salvador con 205, Bolivia con 192, Brasil con 191 y la vecina Costa Rica con 189, entre los más notorios. Cabe señalar que el desmejoramiento de la educación nacional no es un fenómeno reciente, sino de larga data, con planes de estudios desfasados, carencia de mobiliarios e insumos básicos en los más de tres mil planteles escolares a lo largo del territorio nacional, falta de adecuación con los nuevos desarrollos tecnológicos y una larga cadena adicional de las más variadas carencias y problemas.

Según anota un estudio de UNICEF del año 2021, más de 129 mil niños y jóvenes abandonaron, ese año, el sistema educativo. Además, alrededor de 190 mil se encontraban en riesgo de abandono escolar; mientras que- según informes del Banco Mundial- casi el 90 por ciento de los estudiantes de 15 años ni siquiera alcanzan el nivel mínimo de aprendizaje, por causa de la pandemia y la falta de educación presencial.

La reciente huelga de educadores de casi un mes, independientemente de cualquier otro logro social, asestó un nuevo y terrible golpe al proceso educativo. Porque, para los más de 800 mil estudiantes nacionales, las clases presenciales son requisito fundamental para la recuperación de aprendizajes: si el objetivo es su educación y el máximo desarrollo de su potencial, la escuela o el colegio son el mejor lugar con que cuentan estos muchachos. Una verdad que por sencilla y evidente, parecen no valorar algunos dirigentes magisteriales.

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