Los ecos de Lincoln

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Todo el entramado de la democracia descansa en el principio moral de la igualdad política de los ciudadanos, lo cual, según estableció el teórico político Robert Dahl, significa que la vida, la libertad y la felicidad de una persona no deben ser consideradas superiores o inferiores a las de otra. De aquí se desprende que cada individuo, mayor de edad, tiene pleno derecho a tomar las decisiones que correspondan a su mejor interés en el plano privado, así como en el público; esto incluye participar en la vida política o formar parte del proceso en el que se toman las decisiones colectivas.

En una democracia representativa como la que suscribimos en esta nación, el poder político procede del pueblo, pero lo ejercen aquellos designados por el voto para que gobiernen en representación del resto; sin embargo, el poder soberano- al menos en la teoría- sigue perteneciendo al pueblo, que espera que las decisiones tomadas por quienes les representan sean en aras del bien común.

Por ello, uno de los más destacados mecanismos de igualdad y participación ciudadana es la revocatoria de mandato. A través de este mecanismo, los electores dan por terminado el mandato que le fue conferido a una autoridad electa que no esté cumpliendo con sus responsabilidades o cuyas actuaciones atentan contra el interés colectivo.

No resulta extraño, entonces, el interés de la clase política en eliminar, o al menos reducir, el poder del mencionado instrumento democrático. En la comedia bufonesca en que se ha transformado la política criolla, los intereses de las reducidas castas que controlan los partidos y el poder infestan cada pliegue del organismo social, imponiéndose sobre las normas o, en el menor de los casos, torciéndolas a la medida de sus ambiciones y privilegios. Depende de la ciudadanía permitir que se lleve a cabo el despojo de su poder soberano: cada pequeño espacio cedido en esta lucha ciudadana, es un espacio que avanza la infección que socava la médula misma de nuestra democracia. Es hora de hacer efectivas las palabras con las que Lincoln cerraba su discurso de Gettysburg: Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la faz de la tierra.

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