La prehistoria asalta el futuro

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Cualquier organización que aspire a una gestión exitosa en la actualidad, necesita funcionar movida por un proceso de toma de decisiones donde las mismas sean oportunas, rápidas, efectivas, eficientes en el uso de los recursos disponibles y, sobre todo, fundamentadas en información precisa. Si el conocimiento es poder, las decisiones organizacionales basadas en un exhaustivo y amplio abanico de datos e información que cubra todos los aspectos de la institución, garantizan el buen desempeño y la supervivencia de la misma.

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Inmersos en un escenario donde prima la revolución digital, con ayuda de las tecnologías de la información (TIC) es posible recolectar, procesar y almacenar datos a velocidades y volúmenes nunca antes imaginados; y con la disponibilidad instantánea que permite el big data, la rapidez en la toma de decisiones permite organizaciones más ágiles y con mayor capacidad de adaptación a los cambios de su entorno.

Por todo lo cual resulta preocupante los señalamientos hechos por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) respecto a las deficiencias encontradas en la información proporcionada por la dirección de la Caja de Seguro Social (CSS). Destaca aquí que las decisiones que se tomen en la mesa del diálogo estarán basadas en el informe actuarial de 2018 (revisado por la Contraloría General de la República), el cual fue elaborado utilizando la información contenida en una base de datos que se depuró, por última vez, en el año 2011. Hace una década. Esto se traduce en falta de información, datos desactualizados y una serie de inconsistencias que podrían alterar la cifra exacta de la reserva; además, de las proyecciones de las tasas de crecimiento de los salarios, las tasas de reemplazo y la evolución de la cobertura, por nombrar solo algunos puntos en duda. Ante ésto, la OIT aconseja actualizar los números y afinar los cálculos actuariales con estados financieros auditados.

Resulta extremadamente irresponsable que quienes dirigen la Caja pretendan ignorar que las decisiones, tanto operativas como estratégicas, se alimentan de información confiable; y resulta aún más contradictorio que, en plena efervescencia de la revolución tecnológica, donde brillan herramientas como la inteligencia artificial y el big data para gestionar gigantescos volúmenes de información, la institución más importante del país aún haga sus cuentas utilizando frijolitos o, en el mejor de los casos, sirviéndose de un ábaco.

 

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