Nuestra utopía sin Moro

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En su acepción más simple, la justicia es el conjunto de leyes, regulaciones y normas creadas por el ser humano para establecer orden dentro de la sociedad y asegurar el bien común por medio de la regulación de las actuaciones y los comportamientos y, también, por la distribución de sanciones y castigos para quienes violentan las normas. Si el sistema de justicia funciona apropiadamente, de manera eficiente y oportuna, se consolida y perdura la paz dentro del tejido social.

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Además, el fortalecimiento de la democracia pasa por establecer un estricto Estado de Derecho y, para que éste sea posible, la independencia del poder judicial es una condición indispensable. He ahí, entonces, el valor de un proceso de selección de magistrados totalmente transparente y donde no existan resquicios por donde se cuelen dudas de ningún tipo.

Latinoamérica adolece, desde siempre, de una extrema politización en la selección de aquellos que ocupan las magistraturas. En nuestro escenario local, no es un secreto para nadie, cuál es el dedo índice con más poder para apuntar al afortunado final. Y ese señalamiento no resulta de gratis: se sostiene en expectativas y favores que esperan gratitud mucho más allá del período presidencial. Un magistrado agradecido y leal es un seguro de protección ante la posibilidad de futuros enjuiciamientos.

Por lo que, si aspiramos en un futuro próximo a concretar el país ideal que todos soñamos, el primer paso es la escogencia de magistrados íntegros y valientes, movidos por la inclaudicable voluntad de convertir el respeto a la ley en un culto nacional permanente. Un sistema de justicia que gire en torno al cumplimiento y el respeto a la ley, es el primer requisito para salir del atolladero en el que nos encontramos y movernos hacia ese país utópico donde la igualdad legal sea la norma y no la excepción.

Mientras los criterios políticos y los intereses ajenos al ámbito judicial imperen a la hora de seleccionarlos, seguirán floreciendo magistrados cobardes y entreguistas que, sin ningún rubor, continuarán dando la espalda al sagrado deber de hacer justicia y al de establecer el imperio de la ley.

 

 

 

 

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