Cambiar para lo mismo no es opción

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De muy larga data es la opinión, compartida por muchísimos ciudadanos, que se requiere un cambio profundo en la nación.

Hechos como el ocurrido en una universidad local donde un grupo de jóvenes enturbió el proceso electoral interno para favorecer sus intereses, por una parte; y el de un joven aspirante a diputado en las elecciones pasadas, acusado de violentar digitalmente algunas instituciones del Estado, por la otra, confirman que la descomposición social ha permeado profundamente en todos los niveles de la estructura nacional sin respetar posición social, educación ni edad.

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Finalmente, la repetitiva y persistente historia de malos ejemplos en la vida pública y particular echó a perder la cesta.

Para remediar el descalabro, las propuestas se esparcen por todo el abanico de posibilidades: desde el educativo hasta el político, pasando por lo legal y social. Unos abogan por endurecer la aplicación de las leyes y los castigos, otros grupos se inclinan por la creación de una nueva Constitución, mientras que algunos ciudadanos apuntan más allá y proclaman la necesidad de cambiar el sistema político en su totalidad.

Todas las propuestas, sin embargo, pecan de obviar lo fundamental: cambiar la raíz.

Porque resultaría absurda cualquier pretensión de cambio que ignore al ser humano como elemento básico de la sociedad. Ningún valor tendrá un nuevo sistema educativo cuyos participantes no valoren la responsabilidad ni los anime el deseo de mejora continua en lo intelectual y lo humano. Un excelente conjunto de normas legales será inútil en manos de funcionarios venales impulsados únicamente por intereses oscuros que apunten a su propia conveniencia y a la de su camarilla. Y ningún sistema político funcionará adecuadamente si quienes forman parte de él persisten en actuar de acuerdo a la mentalidad que predominaba y que pudrió el sistema reemplazado.

Procura ser- aconsejaba Gandhi- el cambio que quieres ver en el mundo. Y antes y después de dicho consejo, no ha habido atajos para lograr ese cambio. Si la aspiración es salir del foso en que nos encontramos sumidos como comunidad o nación, cada uno tiene que mejorar: cada ciudadano tiene que asumir la responsabilidad que le compete y descartar los comportamientos que atentan contra la vida en comunidad y practicar y reforzar aquellos que la favorecen. Al fin y al cabo, la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil: ¡es hora de fortalecer toda la cadena!

 

 

 

 

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