Semblanza de Rosa Elvira de Álvarez

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Hay sentimientos que deben expresarse en líricos cantos y más cuando una poetisa hecha flor, se ha deshojado para siempre.

Ella, la Blanca Rosa del Romance del Barquito sin Remos “sabía darle nombre al espacio, al tiempo y a la vida, a la sombra cambiante de la llama, al corazón profundo de la rosa y al llanto indescifrable de la estrella” (M. F. Rugeles).

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Rosa Elvira, la del alma hecha ternura, la del terruño nuestro, de este Valle de la Luna ha venido hoy al borde de esas extrañezas infinitas, sencilla como blanca gaviota y ha estacionado aquí, cerca de su Risacua, sus cenizas fulgurantes de gacela dormida.

¿Quién hubiera pensado que en aquel encuentro y homenaje a las poetisas chiricanas, convocado por la Universidad Santa María, se hubiera fijado, tal vez, este triste segundo encuentro, de su alma de poetisa con la nuestra y así poderla despedir con palabras hechas de aromas y de pétalos?

Me siento por ello anonadada y me será difícil expresar en apretada síntesis lo que ella significa para las letras panameñas, y para este pueblo chiricano que la vio nacer, ella que estuvo presente sólo a través de sus versos, de su canto perenne de alondra, de canario, y que amó con su angustia nostálgica al terruño patrio.

Así nos cantó en su Romance de la Montuna:

“Flor del Espíritu Santo

Marchítame los recuerdos

que allá en la niñez dormida,

pasa un coche y su cochero,

(detrás le siguen mis pasos

camino del cementerio)

¡Ah, mi Valle de la Luna

en ti nací y en ti muero

Alzo mi copa extranjera

con un vago sentimiento,

por encontrar la de entonces

cuando era niña en tu suelo”.

 

Poetisa egregia en todos los vocablos, sencilla en el decir, pero grande en la acción de fémina convertida por eso, en valiosa mujer americana.

Su humanidad ha llegado a los confines del arte, donde la belleza ha sido amante sempiternade su poesía. Esa poesía, “compromiso del alma”, que expresa la armonía y el equilibrio de su creación, cuando en forma sensitiva, hace contacto con la naturaleza del paisaje istmeño y con el amor en todas sus dimensiones.

Para nosotros, Rosa Elvira fue y es una poetisa salida de los vientos, no llegó para quedarse si no para ir por todos los caminos en nubes del silencio, pero también del ímpetu, de los ensueños del mar y de la tierra, toda ella aprisionada tal vez, por sus ilusionadas convicciones.

En otro instante la vemos en sus versos unitarios de tonos suaves como la brisa mañanera, pero en otros es como las olas turbulentas.

 

“Voy por que tengo que ir,

y grito en estas playas desoladas

Mi grito se hace arrullo en las noches con luna

y llanto en la alborada.

 

¡Ah la ola de tristeza que me arrastra

hacia el corazón obscuro de las desolaciones!

¡Ah el mensaje que tengo que decir!

¡Ah mis pobres gestos, mis canciones!

 

El cielo, el mar, la tierra y unos cuantos oídos

en la noche sin fin”

 

Si miramos su canto, él va por los senderos en líneas paralelas entre lo clásico lo barroco, entre lo apolíneo y lo dionisiaco con un ritmo constante. En lo clásico, cuando en sus formas de decir usa magistralmente el soneto y el romance, versos tradicionales de la métrica castellana; y en su romance Nostalgia nos canta:

 

“Llevo una angustia en los ojos

y otra más honda en el alma

por haber visto estos cielos

y estos mares verde – plata”

 

“Las manos pálidas traigo

y largas por la nostalgia,

gaviotas de picos rojos

sin un hogar ni una patria

tras esta sonrisa dulce

hay otra sonrisa amarga

por las sales de otros mares

y espejismos de otras aguas”

O bien en el clásico soneto titulado SONETO A DIOS, donde se nota su caminar ascendente de un querer místico.

 

“Cautiva en Tu Semilla, los dolores

son mi colmena de melancolía

van por los mares de la poesía

como inocentes peces voladores”

 

Del gozo prisionero, en mi agonía

ando a oscuras buscando aquella puerta

inaccesible hoy, antes abierta

que a mis nupcias sin nombre conducía”.

 

“Cómo la mar bajo la luna crece

mi cuerpo herido por la luz externa,

se extiende por tu cielo incalculable

y mientras mi pasión se recrudece

y duerme el agua en lustral cisterna

yo te espero en tu lecho innominable”.

 

La poetisa a su vez por sus temas y motivos se distingue como la vate del sentimiento, de un alma dionisíaca que la colocaría en la corriente neoromántica, no vanguardista, amante herida y sufrida por ese amor con entrega cargado de soledad, de incomprensión.

Al decir de Ramón Sender, (español y poeta) uno de sus críticos y amigos “los sentimientos de los poemas de Rosa Elvira en la dimensión afectiva son universales y nos conmueven haciendo vibrar a veces cuerdas secretas que antes no se habían estremecido con otras formas de poesía ni con otras experiencias vitales “y agrega, “sensualidad profunda y poderosa, pero al mismo tiempo pura como las flores del cerezo y del manzano en primavera y en los valles del David panameño”.

 

“Mar, mar infinito

¿Eres el mar o mi alma?

Verde, azul – gris, atormentado

por el eterno cambio de tus aguas

y, sin embargo, preso

en el límite curvo de una playa.

Mar con tus ansías de liberación

mar de impotentes tempestades trágicas

y de una gran ternura

que a veces casi se disuelve en lágrimas.

 

Tu soledad la gritan las gaviotas

ronco grito de angustia a flor de agua

Tu indecisión eterna la refleja

el vaivén incesante de sus alas”.

 

 

Y en ese infinito donde ella es, la vemos reflejada, más que todo romántica con todos sus signos: libertad, angustia, lágrimas, alas, ternura, soledad, tomentos, melancolía.

Pero allí no queda su única expresión poética, su mundo fue profundo, inquieto, alegre y triste, de luces, universal, humanista, tanto, que en su vida cotidiana tuvo la angustia por el dolor del prójimo. Por eso su canto al chiricano, a los niños, a su madre, al limpiabotas, al indio, a sus hijos; cada uno tiene una acentuación constante en ese mundo de relaciones sociales con sus injusticias y contradicciones.

 

“La patria es nuestra madre dolorida

con sus siete puñales en el pecho.

¡Siete veces mil dagas hemos visto

en el llorar sin voz de los hambrientos!”

 

Todas estas preocupaciones contribuyeron además a que su hogar fuera, centro de reuniones culturales, artísticas, sociales, de desarrollo de grupos, que tuviera su asiento en la comunidad californiana como lo recuerda su amigo Mario de Obaldía.

 

La escritora Gloria Guardia quien suscribió el prólogo de su obra El Alba Perdurable, en la que se insertaron a la vez sus libros: Nostalgia (1942), El Alba Perdurable (1968), Romance de la Montuna (1969) y Siete Sonetos al Escorial (1970), diría, por boca de la misma poetisa que para ella el punto céntrico más íntimo de su humanidad era el amor.

En su obra El Alba Perdurable ha deseado insinuarnos Rosa Elvira, dijo Gloria Guardia, “la posibilidad de apertura, o sea de una perennidad de luz que debe concebirse tal como una transformación perenne o como una marcha perdurable e ininterrumpida hacia la luz, donde el amor, en escala ascendente, el amor en su gran carga, diversidad y misterio: el humano, el patrio y el Divino por ejemplo – sea la vía, la interminable vereda para llegar a la plenitud completa, a la habitación en el Cristo”. De allí su angustia mística. Ignacio Anzoátegui en su prólogo a las Obras Escogidas de San Juan de la Cruz, dijo que el misticismo no es quietismo sino acecho. No es desesperación si no inquietud de asunción. El místico no se abandona así mismo, se abandona a Dios para que Dios lo asuma, quizás en ese sentido Rosa Elvira quiso en sus poemas especialmente en sus Sonetos al Escorial, lograr ese encuentro divino. Su poesía vertical, manera clara de ascender, de elevarse, hace de ella un alma creadora y de ensueños. Sin embargo, ella presentía que en ocasiones tenía sus caídas espirituales:

 

“Hoy voy sola, con soledad de ausencia

y mismedad de pájaros sin alas

andando por el suelo”.

 

O cuando expresa:

 

“Ha enmudecido la alondra

porque se rompió las alas”.

 

Poetisa que a través de sus versos, supo como nadie manejar la imaginación, con sus originales metáforas, imágenes y comparaciones; que supo utilizar un vocabulario culto, apropiado en veces sutil, donde no se pierde su valor sustantivo y siempre espiritual. Por el uso de palabras propias del trópico así como del manejo del color, la poetisa se nos presenta como una pintora de paisajes etéreos que nos transportan al renacimiento de su alma:

 

 

“Cuando retorne a mi raíz primera

más allá de la piedra y el espacio

una chispa de vida brotará de mis huesos

como la rosa azul de un fuego fatuo.

Regresaré al origen de las cosas

a la orilla del fuego y el sonido

tal vez los ojos ciegos ahora miran

sin saberlo, el prodigio.

Dormir, soñar y renacer

al mandato insistente de la lluvia”.

 

Todo lo presintió en su claro decir y hoy Sábado de Cuaresma, que sus cenizas llegan a la Catedral de San José de David y que cubrirán su Valle eterno, este pueblo chiricano con pañuelos de tristezas y lágrimas la llevará permanente en hilos de un recuerdo y nosotros que hemos compartido sus ansias a través de sus versos, deshojaremos flores y cantos a Blanca Rosa la del Barquito Sin Remos:

 

“Detuvimos el barquito

hubo un suspiro, un silencio,

y el lago, el espejo – lago

copio todo nuestros besos”.

Y a Rosa Elvira, “Corola viva de ansias” le decimos en nuestro canto, dedicado

a ella:

 

“Dulce gacela:

con tu andar de cisne y ala,

con el amor hecho ansias,

con el mar sin tus arenas,

con el trópico en tus mundos,

y con el llanto a tu patria,

hoy que regresas envuelta

en luces de la esperanza,

brindaremos por tus cantos

un agitar de gaviotas,

en el cielo de tu alma”.

 

Palabras pronunciadas en el acto de colocación de sus cenizas en la Catedral de San José de David el 22 de marzo de 1997.

 

 

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